Despierta, despierta, es la hora de morir. Son las 12 de la noche y todavía se pueden escuchar voces que exclaman inocencia.
Trato de estar en pie, firme ante lo que me espera, pero caigo drogada de tanta desesperación. Me aprisiona la oscuridad en la que está encerrada mi mente. No puedo respirar .la boca me amarga y la saliva desciende lastimándome toda la garganta. Me pregunto si estoy muerta, pero no, no lo estoy.
Cierro los ojos para despertar, pero caigo en el abismo de la angustia que entona con más fuerza el himno del final .Escucho voces que se mezclan con el compás de los pasos de mis verdugos que se acercan, más, más y más...
Trato de levantarme y buscar un refugio libre de peligro. No huyas que te esperamos, canta el coro del silencio. ¡No! yo no soy parte de ustedes, recrimino con efusiva autoridad. Una vez más apuesto por la fuerza de mis manos para poder incorporarme y salir de este sueño maldito que me esta volviendo loca...
Levanto la mirada y solo puedo ver dos sombras de inmenso tamaño que se burlan ante el espectro que tienen en frente, un cuerpo cubierto de miseria y locura.
Me sujetan los hombros tratando de matar toda esperanza de huida. Se preguntan si estoy vivo, porque ante sus ojos solo encuentran un cadáver envejecido por los años, atrapado en ropas perdidas por el tiempo y cabellos que se pierden en las lagunas de aguas negras de la celda…
No te afanes por vivir si la hora de morir te llegó, no luches por la vida si esta se olvido de ti, palabras que hacen eco en mi mente el día en que deje de existir con un suspiro que desapareció en el aire de los lamentos y las risas de quienes jalaron el gatillo y destrozaron mi cabeza .
Ahora me puedo ver, tirado en los montes de cadáveres no identificados por la vida. Alguien llora por mí, y sus lamentos son parte del crujir de los dientes de los perros que vigilan a su presa para lanzarse a ella y devorarla, pero su amor me salva del destino de ser destrozado por estas fieras hambrientas, enterrándome en lo más profundo de la oscuridad.
Se pregunta mil veces por qué la muerte me eligió para llevarme y ante no hallar respuesta, vuelve la mirada a mi tumba y la contempla siempre en todas las puestas de sol, cuando las fieras duermen y las sirenas callan para escuchar el llanto de la mujer que me dio la vida.
Susana Arana
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